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Las monedas digitales han pasado de ser una tecnología marginal a un tema de debate general.

Hace tan solo unas décadas, su existencia era totalmente desconocida fuera de unos cuantos círculos especializados. Ahora forman parte de los planes de políticas de las mayores instituciones del mundo, tanto públicas como privadas.

A medida que la tecnología y las finanzas están cada vez más entrelazadas, ¿cómo cambiarán la economía global las nuevas formas de dinero? ¿Y qué oportunidades surgirán de todo este proceso?

Stéphane Déo, director de estrategias de mercado de Ostrum Asset Management, examina las importantes implicaciones que podrían tener las monedas digitales.

Stéphane Déo

Head of Markets Strategy
Ostrum Asset Management
Bitcoin has demonstrated both the potential and limitations of the technology that underpins it, and made the mass delivery of digital assets something not only feasible, but likely.

Cuando la gente piensa en «monedas digitales», lo más probable es que piense primero en el bitcoin y luego en otros criptoactivos. ¿Qué posición ocupan estas actualmente en el panorama de inversión?

Antes que nada, me gustaría dejar claro que el bitcoin es un desastre medioambiental. Los criterios ESG son cada vez más importantes en nuestro sector, así que cualquier discusión de los criptoactivos debe empezar con el hecho de que solo el bitcoin tiene ya una huella de carbono más grande que la de los Países Bajos1. Incluso una sola transacción tiene una huella de carbono más o menos equivalente a la de un vuelo de París a Moscú.

A esto hay que añadirle un problema de escala: cada día se llevan a cabo unas 300 000 transacciones con bitcoins2. Puede parecer mucho, pero la red Visa gestiona unos 150 millones de transacciones al día3 y la infraestructura que sostiene al bitcoin y otros criptoactivos es lenta y está envejeciendo a pasos agigantados.

Hay, además, un problema con su volatilidad. Esto convierte a los criptoactivos en una herramienta perfecta para la especulación, pero perjudica su uso como reservas de valor y unidades de intercambio, que es, en el fondo, el objetivo principal del dinero. Si quieres conservar tu patrimonio o planificar una transacción importante, no te interesa hacerlo con un activo cuyo valor puede duplicarse o reducirse a la mitad en un abrir y cerrar de ojos.

Finalmente, por la parte del débito, está el problema de la incertidumbre que generan los diferentes tratamientos regulatorios y fiscales de cada jurisdicción, algo con lo que obviamente tenemos que ser muy precavidos como inversores institucionales.

Todo esto puede sonar negativo, pero el hecho es que la capitalización de mercado total de todos los criptoactivos en febrero de 20214 era de más de un billón de dólares. Esto supone más de un 10 % de las reservas de oro de todo el mundo5, por lo que es un valor nada despreciable. Además, aunque 300 000 transacciones al día sea una cifra pequeña a nivel global, también es mucho más que ninguna.

Son muy recomendables como activos no correlacionados, ya que tienden a estar sujetos a fuerzas diferentes del mercado. Presentan una exposición limitada a los riesgos de cola, por lo que una inversión testimonial podría ser muy fructífera a largo plazo.

También está la marca en la que se ha convertido el bitcoin. El libro blanco original se publicó en 20086 y, desde entonces, ha pasado de la oscuridad más total a ser un tema recurrente fuera de los círculos especializados. Ha hecho avanzar la conversación, mostrando el potencial —y las limitaciones— de la tecnología blockchain en la que se basa y ha permitido que la transferencia en masa de activos digitales criptográficamente asegurados sea algo no solo factible, sino también probable.

Sin embargo, el operador minorista típico seguramente se divertirá más en un casino.

Los criptoactivos son solo un elemento más dentro de un amplio abanico de reservas de valor virtuales. ¿Cuál crees que será el siguiente paso de su evolución?

El dinero digital o electrónico no es un concepto nuevo: la mayoría de los depósitos bancarios y otros activos se han venido guardando e intercambiando de manera electrónica durante décadas.

El auge del dinero electrónico en los últimos años es también importante en este sentido, ya que ha hecho posible que los nuevos bancos y plataformas como PayPal ofrezcan a los clientes minoristas el tipo de transferencias sencillas de fondos virtuales que antes solo estaban disponibles para el mercado mayorista.

Esto refuerza la narrativa de una sociedad sin dinero físico en el mundo desarrollado, pero incluso en mercados bancarios maduros se puede caer en el riesgo de sobrevalorar esta tendencia. Algunos países escandinavos están muy avanzados en este sentido, pero dentro de la eurozona —teniendo en cuenta incluso los diferentes sectores bancarios dentro del bloque monetario— más del 90 % de las transacciones de menos de 5 € se hicieron en efectivo en 20177. Aunque los consumidores más jóvenes prefieren claramente los pagos digitales a los físicos, la transición tardará todavía un tiempo en producirse. Sin embargo, cada uno de los usos del dinero electrónico en estas transacciones de los consumidores no deja de ser una representación de un valor en un registro contable, respaldado por reservas bancarias y, en última instancia, por un banco central. En otras palabras, no es muy diferente de los depósitos bancarios tradicionales.

La nueva idea que suponen las CBDC (central bank digital currencies) —que han sido impulsadas en gran medida por los avances en el campo de los criptoactivos y el blockchain— tiene la capacidad de dar pie a una innovación radical en el sector bancario y, por extensión, en toda la economía.

¿Qué ventajas podrían ofrecer las CBDC?

Al consumidor medio, las CBDC no le van a parecer muy diferentes del dinero electrónico que han estado utilizando para hacer compras online durante estos últimos años. Sin embargo, tienen la capacidad de transformar radicalmente las infraestructuras financieras de cualquier jurisdicción en las que se introduzcan. Los costes de transacción y los plazos de liquidación de los pagos pueden reducirse enormemente, dando lugar a grandes ahorros por eficiencia en toda la economía a nivel nacional (y transnacional, en el caso del Banco Central Europeo).

Pueden ahorrar costes en la producción y distribución de dinero físico, estimular la competencia entre proveedores de pagos y romper la separación entre entornos de pago vallados y el sistema de pagos general, como por ejemplo los ecosistemas propios con los que cuentan varias plataformas de venta minorista online chinas.

A nivel de políticas macro, las CBDC entusiasman a los banqueros centrales, ya que permiten una transmisión de la política monetaria mucho más directa de la que es posible actualmente. Podrían ofrecer una visibilidad infinitamente mayor de toda una economía de la que es posible actualmente, lo que podría dar pie a un control monetario más detallado y con mayor capacidad de respuesta. Los bancos centrales podrían ofrecer liquidez de emergencia mucho más rápido de lo que es posible actualmente, lo que ayudaría a evitar reacciones en cadena en futuras crisis financieras. Sin embargo, el procesamiento de las enormes cantidades de datos que recopilarían da lugar a preocupaciones acerca de la privacidad.

Finalmente, hay que tener en cuenta el ambiente que generaría su introducción por parte de los bancos centrales: existen efectos de segundo orden difíciles de predecir en los que la innovación da lugar a otras innovaciones dentro de un círculo virtuoso.

¿Qué podrían significar para el sector bancario?

Cada una de las diferentes propuestas presenta varios grados de radicalidad. En teoría, las implicaciones para la banca minorista pueden ser enormes. Si depositas un euro en tu cuenta bancaria, existe de hecho un pasivo para el banco. Tú le has prestado tu euro al banco, que puede utilizarlo en su balance a la hora de determinar hasta que punto lo puede usar para conceder préstamos, ofrecer hipotecas, invertir en valores, etc. En la práctica, tu euro es una fuente de financiación para el resto de las actividades del banco.

Con una CBDC, tu capital se deposita en teoría directamente en el banco central (en nuestro ejemplo, el BCE). Esto podría tener serias consecuencias para los bancos comerciales, ya que los depósitos que financian el resto de sus actividades podrían reducirse o desaparecer. Cualquier cambio importante en el balance de los grandes bancos podría tener un impacto de primer orden en toda la economía real.

Obviamente, se trata de un ejemplo llevado al extremo, y cualquier cambio de esta magnitud atraerá con toda seguridad la atención de los reguladores y la presión de los bancos, pero puede dar una idea de lo grandes que podrían llegar a ser los cambios. La transición deberá manejarse con suma delicadeza.

¿En qué fase de la evolución se encuentran?

Una reciente encuesta del Banco de Pagos Internacionales sobre más de 80 bancos centrales reveló que más del 60 % de ellos contaba con un plan sobre monedas digitales, o al menos un grupo de trabajo al respecto8.

En Europa, el Banco Central Europeo y otras instituciones han venido publicando estudios de manera regular, con un incremento importante a lo largo del pasado año. El BCE concluyó una encuesta pública en enero de 20219 y se espera que haga un anuncio formal en primavera. Muchas de las implicaciones de sus elecciones estarán en letra pequeña, por lo que tendremos que esperar un tiempo para saber qué esperar a ciencia cierta.

En China, el Banco Popular de China está muy adelantado. Tras cinco años de avances, se espera que se lleven a cabo pruebas a nivel local en Pekín, Shanghái y la Provincia de Cantón. El yuan digital se conoce como DCEP (Digital Currency Electronic Payment) y su sistema de dos niveles, mediante el cual es emitido por el banco central y distribuido y custodiado por los bancos comerciales, es quizá un modelo instructivo de cómo gestionar la transición para otros sistemas bancarios. Esto estaría más en línea con los depósitos tradicionales y, por lo tanto, para el consumidor el banco seguiría siendo en la práctica su fuente de financiación.

Si pensamos en las oportunidades complementarias, ¿cómo encajan la ciberseguridad y las regulaciones KYC y AML en esta imagen?

Si se va a producir una reorganización del sistema bancario a largo plazo, lo más lógico es que sean los propios bancos los que se conviertan en algo parecido a proveedores de servicios de IT. No será un cambio tan radical como parece, aunque está claro que la ciberseguridad cobrará más importancia a medida que los riesgos pasen de los bancos a la cadena de pago. Sin embargo, lo más probable es que sean las mismas personas e instituciones las que afronten estos nuevos problemas.

En cuanto a las regulaciones KYC y AML y otras prácticas contra el fraude, vemos grandes oportunidades, ya que la cantidad de datos incluidos en cada transacción permite unos enormes ahorros por eficiencia a la hora de determinar los recursos que deben asignarse. Incluso una institución pequeña genera miles de transacciones sospechosas al día: el tipo de datos que incluye una moneda digital en cada transacción hace posible acelerar significativamente el cribado.

Hablemos de Libra, el proyecto de moneda digital de Facebook recientemente renombrado como Diem. ¿Ha sido un adelantado a su tiempo? ¿El futuro de las monedas digitales está también en el dinero de emisión privada?

Libra tuvo que hacer frente a numerosos problemas con los reguladores, debido en gran parte al choque cultural entre la mentalidad ingenieril de Silicon Valley y el enfoque más —necesariamente— conservador de los reguladores de todo el mundo.

En resumen, los principales problemas eran que, si Facebook quería mantener el valor de Libra/Diem estable, tendría que haber estado respaldada por lo que habría sido de facto uno de los mayores fondos soberanos del mundo, del que probablemente habrían intentado obtener valor en algún momento, creando incentivos para llevar a cabo acciones que habrían influido en la moneda. Además, Libra habría convertido en la práctica a la compañía en uno de los bancos en la sombra más grandes del mundo, algo que habría preocupado enormemente a las autoridades.

Aún así, me sorprende que no haya habido más proyectos como Libra. Ha habido rumores de que Amazon podría intentar hacer algo similar, concretamente en los mercados emergentes, pero la mayoría de los proyectos que han llegado a buen término han sido a muy pequeña escala en comparación. Por ejemplo, algunas regiones y ciudades de francesas han emitido una moneda digital local.

Lo más probable es que vuelva a aparecer algo como Libra, después de aprender de los errores cometidos y de que tenga más éxito a la hora de superar las barreras de los reguladores.

Uno de los principales obstáculos que deberá superar es el de la confianza. El único motivo por el cual otra persona me acepta un billete de diez euros es que está totalmente segura de que puede pasarle este mismo billete a un tercero sin problemas. La confianza es absolutamente fundamental y, en el caso del dinero en efectivo, esta se basa en las estructuras formales e informales que, en algunos casos, se han ido desarrollando durante siglos.

Si, por ejemplo, Apple lanzara una moneda digital para sus propias transacciones dentro de su ecosistema, seguiría dependiendo de la confianza de sus usuarios. Cualquier crisis o desplome infligiría un enorme daño a la reputación que sería difícil de superar incluso para una marca tan conocida como Apple. Hay muchísimo en juego y este es probablemente el motivo por el cual las grandes empresas han optado por la cautela.

Ya hemos hablado de esto en relación con el fraude y la seguridad, pero una de las principales propuestas de valor de las monedas digitales es el punto hasta el cuál puede recopilar datos una institución centralizada. ¿Cómo encaja esto con la preocupación de los consumidores con respecto a la privacidad? Facebook, por ejemplo, se comprometió a no monetizar los datos de transacciones obtenidos mediante Libra/Diem, pero, conociendo su historial, pocos se tomaron en serio esta afirmación.

Es una cuestión complicada. Creo que la mayoría de los consumidores ya son conscientes de que casi todos sus datos se monetizan de una manera u otra, bien mediante el motor de recomendaciones de Amazon, bien al registrar sus entrenamientos en Strava.

En cuanto a las transacciones, estos datos ya están siendo recopilados por proveedores como Visa, aunque no los moneticen de la misma manera. Pero no nos equivoquemos: la cantidad de información que tienen es impresionante y esta ofrece grandes oportunidades. Como inversor, si puedo enterarme de cuántos asientos diarios vende Air France, podría hacer una fortuna. Visa tendría en sus registros este tipo de información acerca de innumerable compañías, aunque no podamos acceder a ella.

Estas preocupaciones son en realidad acerca de quién tiene acceso a los datos y a qué pueden destinarse. Creo que no tendría ningún problema en que el Banco Central Europeo viera todas mis transacciones, pero hay quizá otras instituciones que generan más desconfianza, como el Banco Popular de China con su estrecha vinculación al Partido Comunista de China. Se puede decir que su concepto de «lucha contra el terrorismo» es más amplio que el nuestro y que constituye un ejemplo de cómo pueden recopilarse datos de una manera que atenta contra los derechos humanos.

Por supuesto, se trata de un ejemplo extremo, pero ilustra la importancia de la discusión que tienen ante sí las partes implicadas en todo el mundo.

¿Qué tipo de innovación podrían traer consigo las monedas digitales para la economía en general?

A corto plazo, las monedas digitales pueden hacer posibles unos pagos más rápidos, baratos y eficientes, tanto dentro de un país como entre países, pero este es solo el primer paso.

Entrando en el terreno de la especulación, ¿cuál podría ser su impacto sobre los préstamos? Lo más probable es que haya varios niveles de innovación, pero son difíciles de predecir porque cada uno de ellos estará basado en una innovación anterior formando una cadena cuyo impacto se irá multiplicando con el tiempo. Podemos verlos como tecnologías fundamentales que pueden estimular y facilitar la innovación en el resto de la economía.

Las monedas no son el final de la historia, sino solo el principio.

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